LA INSEGURIDAD DE LA SEGURIDAD
Cuando la labor de seguridad se ejecuta por intuición
Hoy tengo que ir a la universidad para encontrarme con el profesor que es asesor de mi tesina para obtener el titulo universitario. Hace varios meses que no he vuelto a la universidad. Para ser sincero no siento nostalgia. Tal vez la nostalgia se nutre el vació que provoca aquello que uno deja. Por el momento no tengo ese vacío, tal vez algún día lo tenga y estoy seguro que entonces extrañare las aulas, maletines, fotocopias y sustitutorios.
He pedido permiso en la oficina para poder ir en la tarde, es por ese motivo que voy disfrazado de saco y corbata a la Uni. Salgo, para variar, más tarde de lo planeado de la oficina y paso algunas peripecias para poder llegar a tiempo. En Lima, ir de San Isidro al límite del Rímac con Independencia parece casi una eternidad. Voy en bus porque ningún taxi en San Isidro se animó ha hacer tan odiseica travesía. En cada semáforo rojo maduro la idea que las fuerzas suprahumanas en su divina función de mantener el equilibrio de este ecosistema de cemento ante una posible sobrepoblación de taxistas, crearon a su predador natural; los asaltantes matataxitas, como agentes de control biológico para mantener una población sostenible de esta fauna esforzada, incomprendida y amante de las rutas cortas.
En el bus también me doy cuenta que he olvidado mi billetera en mi escritorio. Pienso en alguna explicación convincente para poder ingresar a la universidad sin documentación que acredite mi identidad. Pensaba en llevar un carné universitario antiguo pero lo olvide en la mañana y ahora no llevo conmigo ni el DNI. Vienen a mi mente las veces que en mis tiempos de estudiante los agentes de seguridad, esos señores impávidos y que cumplen la noble tarea de salvaguardar la universidad, me revisaban la mochila al salir, especialmente después del día del primer robo de discos duros de un centro de cómputo.
Siempre me resultó extraña la habilidad de los agentes de seguridad para revisar las mochilas. Solamente me pedían que la abra, le echaban un vistazo fugaz y una manoteada, casi una caricia, a la base de la mochila para después dejarme salir. Lo más seguro es que ellos detectaban en la mirada o en la voz alguna señal de nerviosismo o tal vez en la forma de la mochila los indicios de que alguien era amigo de lo ajeno con pretensiones infructuosas de salir airoso con el botín. O sino y, esto me parece más lógico, tenían agentes encubiertos de estudiantes que vigilaban silenciosamente cualquier anomalía al interior de modo que ellos sabían de antemano quien era el malhechor. Obviamente, yo siempre colaboraba con la seguridad de mi universidad y seguía el protocolo de la revisión fielmente.
Por fin llego a la puerta de la universidad, tomo aire y empiezo a rezar entre labios el discurso que explica mi olvido de billetera y necesidad de ingresar. Llego a la caseta de seguridad. Allí se encuentra un hombre de rostro anguloso que luce casaca y quepí marrón, uniforme inconfundible de un agente de seguridad, pero con un Jean gastado y zapatillas multicoloridas donde apenas se puede leer algo que parece decir Nike.
- Buenos días, soy ex alumno y vengo a hacer un….
- ¿Cuál es su código de alumno, señor?
- 981104C
El agente piensa por tres segundos para después hacerme una venia que autoriza mi ingreso. Mientras camino y dejo atrás la caseta de seguridad de la puerta de ingreso pienso que es posible que el agente sepa de memoria los códigos de los alumnos y ex alumnos. También pienso que es posible que conozca la formula matemática por la cual se obtiene la letra con la que termina mi código de alumno, fórmula que durante los cinco años que estuve en la universidad intente infructuosamente averiguar, y por lo tanto es capaz de reconocer la validez de cada código y detectar a posibles impostores que intenten burlar la vigilancia para propósitos facinerosos.
Cuando llego a mi facultad me encuentro con un viejo compañero quien debido a su trabajo, aun lleva algunos cursos. Me comenta que la semana pasada aprovechando las vacaciones de mitad de año, individuos no identificados desmantelaron los baños recién instalados llevándose tres lavatorios, tres caños y cuatro manijas de los inodoros.
Pienso en la manera en la que estos habilosos ladronzuelos pudieron burlar la seguridad con semejante botín. Acaso será que no es una buena idea que los agentes de seguridad hagan mentalmente el cálculo de esa última letra del código. Tal vez necesiten un analista de códigos a su costado que haga los cálculos con mayor exactitud y les facilite su esforzada labor.


1 Comments:
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