Sunday, September 24, 2006

LA INSEGURIDAD DE LA SEGURIDAD


Cuando la labor de seguridad se ejecuta por intuición

Hoy tengo que ir a la universidad para encontrarme con el profesor que es asesor de mi tesina para obtener el titulo universitario. Hace varios meses que no he vuelto a la universidad. Para ser sincero no siento nostalgia. Tal vez la nostalgia se nutre el vació que provoca aquello que uno deja. Por el momento no tengo ese vacío, tal vez algún día lo tenga y estoy seguro que entonces extrañare las aulas, maletines, fotocopias y sustitutorios.
He pedido permiso en la oficina para poder ir en la tarde, es por ese motivo que voy disfrazado de saco y corbata a la Uni. Salgo, para variar, más tarde de lo planeado de la oficina y paso algunas peripecias para poder llegar a tiempo. En Lima, ir de San Isidro al límite del Rímac con Independencia parece casi una eternidad. Voy en bus porque ningún taxi en San Isidro se animó ha hacer tan odiseica travesía. En cada semáforo rojo maduro la idea que las fuerzas suprahumanas en su divina función de mantener el equilibrio de este ecosistema de cemento ante una posible sobrepoblación de taxistas, crearon a su predador natural; los asaltantes matataxitas, como agentes de control biológico para mantener una población sostenible de esta fauna esforzada, incomprendida y amante de las rutas cortas.

En el bus también me doy cuenta que he olvidado mi billetera en mi escritorio. Pienso en alguna explicación convincente para poder ingresar a la universidad sin documentación que acredite mi identidad. Pensaba en llevar un carné universitario antiguo pero lo olvide en la mañana y ahora no llevo conmigo ni el DNI. Vienen a mi mente las veces que en mis tiempos de estudiante los agentes de seguridad, esos señores impávidos y que cumplen la noble tarea de salvaguardar la universidad, me revisaban la mochila al salir, especialmente después del día del primer robo de discos duros de un centro de cómputo.
Siempre me resultó extraña la habilidad de los agentes de seguridad para revisar las mochilas. Solamente me pedían que la abra, le echaban un vistazo fugaz y una manoteada, casi una caricia, a la base de la mochila para después dejarme salir. Lo más seguro es que ellos detectaban en la mirada o en la voz alguna señal de nerviosismo o tal vez en la forma de la mochila los indicios de que alguien era amigo de lo ajeno con pretensiones infructuosas de salir airoso con el botín. O sino y, esto me parece más lógico, tenían agentes encubiertos de estudiantes que vigilaban silenciosamente cualquier anomalía al interior de modo que ellos sabían de antemano quien era el malhechor. Obviamente, yo siempre colaboraba con la seguridad de mi universidad y seguía el protocolo de la revisión fielmente.

Por fin llego a la puerta de la universidad, tomo aire y empiezo a rezar entre labios el discurso que explica mi olvido de billetera y necesidad de ingresar. Llego a la caseta de seguridad. Allí se encuentra un hombre de rostro anguloso que luce casaca y quepí marrón, uniforme inconfundible de un agente de seguridad, pero con un Jean gastado y zapatillas multicoloridas donde apenas se puede leer algo que parece decir Nike.

- Buenos días, soy ex alumno y vengo a hacer un….
- ¿Cuál es su código de alumno, señor?
- 981104C

El agente piensa por tres segundos para después hacerme una venia que autoriza mi ingreso. Mientras camino y dejo atrás la caseta de seguridad de la puerta de ingreso pienso que es posible que el agente sepa de memoria los códigos de los alumnos y ex alumnos. También pienso que es posible que conozca la formula matemática por la cual se obtiene la letra con la que termina mi código de alumno, fórmula que durante los cinco años que estuve en la universidad intente infructuosamente averiguar, y por lo tanto es capaz de reconocer la validez de cada código y detectar a posibles impostores que intenten burlar la vigilancia para propósitos facinerosos.
Cuando llego a mi facultad me encuentro con un viejo compañero quien debido a su trabajo, aun lleva algunos cursos. Me comenta que la semana pasada aprovechando las vacaciones de mitad de año, individuos no identificados desmantelaron los baños recién instalados llevándose tres lavatorios, tres caños y cuatro manijas de los inodoros.
Pienso en la manera en la que estos habilosos ladronzuelos pudieron burlar la seguridad con semejante botín. Acaso será que no es una buena idea que los agentes de seguridad hagan mentalmente el cálculo de esa última letra del código. Tal vez necesiten un analista de códigos a su costado que haga los cálculos con mayor exactitud y les facilite su esforzada labor.

Monday, September 18, 2006

EL TIEMPO ES ARENA EN MIS MANOS


De la puntualidad y otros demonios:

Cinco en punto de la tarde y tengo que encontrarme con Gisella en la avenida La Marina a las ocho. Consumo los minutos frente al monitor de la PC viendo el estado de mis descargas fílmicas y musicales. Estoy conectado al messenger también, pero nadie de mis contactos esta en línea. Es sábado por la tarde. Quizás todos tengas vidas más activas e interesantes que la mía en sábado por la tarde y se encuentren por allí, viviéndolas. Creo que es hora de tomar un café. ¿Cómo se llamaba esa canción que mencionaba el café? Umm, a ver. La busco en mi cartuchera de discos. Es poco probable que este allí. Lo sé, pero quiero buscarla precisamente allí porque parece un buen lugar para iniciar la búsqueda de un disco.
Después que corroboro su ausencia me pierdo en un cerro de discos sin etiqueta. No los etiqueto, les pongo un número, porqué tal vez inconscientemente quiero hacer más difícil su búsqueda. Ahora, ¿dónde puse la lista de los números? Debe estar en un archivo de la PC.
Seis de la tarde. Ya tengo que cambiarme. Llegar a la avenida La Marina tomará cerca de hora y media en bus.
Escucho la canción del café. Es la primera pista del disco. Me gusta mucho más que antes. La escucho de nuevo. Escucho también la tercera y la cuarta pista. Que buen disco, pero tiene uno mejor. ¿Dónde tengo el otro?
Seis y treinta. Me baño y cambio. Creo que también me afeitaré. Con seguridad estoy listo en diez minutos. Seis y cincuenta. Salgo de mi casa. No pasa el carro. Ya oscureció. Creo que estoy contra la hora. Espero cinco minutos pero mi espera es infructuosa porque el maldito bus no viene. Pienso en tomar taxi hasta allá pero lo más probable es que no me quieran llevar en el peor de los casos o sea muy caro en el mejor. Caminaré hasta la avenida principal para tomar otro carro con la idea de hacer trasbordo. El bus tiene una radio que da la hora cada cinco minutos. ¡Que martirio! Me pongo los audífonos y escucho el mismo disco. Que buen disco.
Siete y cincuenta y cinco. Me bajo desesperadamente en el cruce de Sucre con Bolívar porque creo que me estoy pasando de esquina para hacer el trasbordo. Miro hacia ambos lados de la avenida y recuerdo que debí bajarme en Sucre con La Marina, nueve cuadras más abajo. Es inútil; ya estoy retrasado. Suena el celular. Es un mensaje de texto anunciándome que la clase esta por terminar y ella a punto de salir. Empiezo a parar taxis como desquiciado. Es extraño pero los taxis no me quieren llevar o pretenden cobrarme casi igual que si los hubiese tomado desde mi casa. En fin, que me sirva de escarmiento, la próxima saldré con mucho más antelación. Ocho y diez. El taxi hace su entrada a La Marina. Hay tráfico. ¿Será que todos estarán retrasados como yo?
Llego a mi destino. Gracias maestro por la carrera, que le vaya bien cóbrese y ojalá no lo asalten en el camino.
¿Que por qué llegué otra vez tarde? Es que había mucho tráfico y …… no sé.
Ocho y diecisiete. Me disculpo una vez más y bajo del taxi station wagon blanco, blanco como muchos otros que he tomado para llegar a tiempo y como muchos más que seguiré prometiéndome vanamente no volver a tomar.

CONDUCTAS DE PUNTUALIDAD Y LA DICTADURA DEL RELOJ

Leía un comentario de una amiga que hablaba de contar las sonrisas de la gente en la calle. Me pareció un buen ejercicio. Me gustaría hacer uno similar pero contando cuanta gente no camina apurada por las mañanas. Todos salen y caminan rápido, van al trabajo porque hay que llegar temprano a abrir la tienda. Todos contra el tiempo.
En la prisa nada se disfruta. Sobrevaluamos la rapidez, endiosamos los plazos. La puntualidad es un concepto casi abstracto para mí que los minutos se me escapan de las manos. De mi mente. Recuerdo una canción, una frase, un atardecer y pierdo cinco minutos valiosos. Trato de ser puntual, no por creo que seria mejor persona si lo fuera, sino por que por me pongo en el lugar de las personas que me esperan, que poco o nada tienen que soportar mi atemporalidad mental.
Seguiré corriendo detrás de un reloj, pero siempre a causa de que me quedé conversando con alguien, o porque quise escuchar una canción que recordé repentinamente.
El reloj es un aparato siniestro que me recuerda cada minuto que soy irremediablemente impuntual.

Sunday, September 17, 2006

Cerati en Lima


Gracias niña por las tomas HAMAES

Friday, September 01, 2006

EL ARTE DE LA ABULIA



El arte de la abulia o no hacer nada consiste básicamente en realizar eficientemente
los siguientes puntos:

1. Realizar las tareas más intrascendentes como si se estuviera haciendo algo extremadamente importante y vital.

2. Recuerde; todo es urgente, todo. Eso le dará una cuota de urgencia a sus actividades y le impregnará el hálito de que usted es imprescindible. De esta forma ahuyentará la idea en sus colegas de que usted puede estar siendo ocioso o siendo innecesario para la organización.

3. Es importante tener siempre presente que usted lo sabe todo. No existe tema que se discuta o consulten que usted no conozca con antelación. Y si por azares del destino usted realmente conoce del tema, regocíjese, es un hombre afortunado, pero si no, tendrá que poner en práctica las 3 pes del buen paporreteador:

Palabras complicadas: Al momento de dar su explicación espere el momento en el que explique el punto central del asunto y use palabras intricadas que demoren la comprensión de su sorprendido oyente. Quien gastará energía mental en descifrar su verborreica explicación y descuidará el contenido de la misma. Resultado, el oyente antes pasar el apuro de acudir a un diccionario, preferirá dar su asentimiento y concordar con usted en tan iluminadora explicación. Ayudarán frases como:” los factores que coadyuven a lograr lo objetivos”, “es necesario un dictamen pragmático del proceso crítico” o “para el éxito del proyecto es necesario un filosofía holística y sistémica”.

Prisa verbal: Hable como premura, mientras más rápido hable, menos probabilidad que alguien cuestione lo que dice. Acelere el discurso con la firmeza del que quiere pasar rápido el asunto porque el tema es ya sabido y no necesita de mayor aclaración, a pesar que ni siquiera usted tenga idea de lo que está hablando. Haga uso de este recurso en los puntos que más ignore del tema.

Parsimonia corporal: Hable sin dejar notar algún tipo de nerviosismo o inseguridad, eso podría delatarlo. Yérgase, module su voz, imponga un aire de suficiencia, recuerde que el que poco sabe mucho teme cuestionar. Aproveche esa ventaja y demuestre su dureza facial.

4. Por último si alguien osa reclamarle su ineficiencia ignórelo y tíldelo de loco, subversivo, derechista, neoliberal e indígnese de cómo pueden existir personas que solo les preocupa interrumpir su siesta post-alimenticia.
Counters
Free Hit Counter eXTReMe Tracker